A principios de mayo, Mark Bauerlein escribió en The New York Times un interesante artículo sobre los cuestionarios de evaluación de profesores, comparando tendencias de los últimos diez y veinte años sobre qué significa el profesor para un alumno y cómo lo valora.

En su artículo, Bauerlein subraya qué ha cambiado en estos años: los alumnos puntúan al profesor a la alza si es justo con su manera de calificar y si aprueba mucho o poco. Los profesores se han adaptado a este clima de acreditación orientado al rendimiento.

El filósofo Jean-Claude Milner distingue entre ‘saber absoluto’ y ‘saber relacional’. El saber absoluto puede entrar en una mecánica infinita de calificaciones y recalificaciones, sin encuentro entre sujetos: se sabe o no se sabe. En cambio, el saber relacional supone que hay otro que nos enseña y con ello nos hace cambiar. La dignidad, el honor y el saber de un profesor no se pueden medir con puntuaciones porque va mucho más allá de una simple calificación. El respeto y la atención que se merece un alumno no puede reducirse a la nota que obtiene en sus trabajos o sus exámenes. Sin experiencia de relación memorable entre profesores y alumnos lo único que encontramos al final son los puntos.